Aberlado Salerni padre de María Emilia, siguiendo el partido por Internet desde Rafaela

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Sufrir y festejar a la distancia

La televisión había terminado de ofrecer las imágenes del partido final femenino entre Davenport y la mayor de las Williams. Y lo que se presagiaba como una posibilidad concreta, finalmente se dio: optaron por televisar el encuentro decisivo entre Salerni y Perebiynis, haciéndolo prevalecer por sobre la final de dobles masculinos, en donde los Woodies buscaban más de lo mismo. Fue, entonces, cuando en la Redacción se pensó que la invitación había sido en vano: si televisaban el partido, seguramente Abelardo Salerni, el padre, no llegaría a seguirlo por Internet, tal cual sucedió durante toda la semana previa. Pero nos equivocamos, porque el hombre no solamente llegó al diario, sino que prácticamente no levantó la vista mientras todos estábamos "pegados" a la TV. Cuestión de cábala o quizás más relacionada al análisis de estadísticas y seguimiento de algunos detalles que ofrece la red, no se sabe. Lo cierto es que Lalo no se despegó de la computadora ni un instante.

Un cigarrillo tras otro, alguna golosina, pocas palabras. Nosotros, para no molestarlo, para no sacarlo de su concentración, sólo contestábamos con monosílabos lo que él indicaba, nada más. Preferimos no interrumpir ese rito que había cumplido cada vez que el sitio web de un Grand Slam se lo permitió. Y lo hizo también en la final del Abierto inglés, a su manera.

Llegó luego la lluvia. Suponíamos que se iba a calmar, pero para el hombre esa hora de suspensión no transcurría nunca. Imaginábamos la espera de Pitu junto a Sergio Ledesma, creábamos la probable conversación mantenida entre tenista y coach. Sonaba el teléfono celular que, aunque prestado, no descansaba. Y se reanudó el partido. Y terminó el primer set con la sensación de una pizca de tranquilidad, pero no hubo festejos.

Después, en el segundo, la cosa no varió demasiado. Un silencio absoluto, sepulcral, como si estuviéramos inclusive en el mismísimo court 1 del All England. Es más: si dejamos volar la imaginación y nos trasladamos hipotéticamente a ese mágico lugar, el umpire no necesitaría llamarnos la atención ni siquiera una vez.

En el 3-5, alguien se decidió a romper la rutina. Salió de la Redacción buscando una mejor recepción de radio Continental y escuchó el relato del final. Entonces, dejó a Lalo junto a otro periodista del diario y se emocionó tanto con las palabras sentidas de Guillermo Salatino como los gritos y el llanto del padre de María Emilia, que se hacían sentir. Y así la monotonía de la tarde del sábado se tradujo en el festejo compartido. Llegó la hora de la premiación, de la aparición de las primeras fotos de Pitu con su trofeo en Internet. Pero ella seguramente sabía que las lágrimas de su padre, a miles de kilómetros de distancia, también se constituían en otro premio invalorable.
Gentileza Diario Castellanos