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Chau Humor. Por Natalia Enrico.

Publicado en diario Castellanos de Rafaela. Viernes 31 de diciembre de 1999.
 
Lunes, 9 de Septiembre de 2019 | 11:34 (actualizado a las 11:35)
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Chau_Humor.jpg_Chau Humor. Por Natalia Enrico.

Recuerdo que en tiempos en que la historia oficial omitía de los planes de estudio toda referencia a hechos de nuestro pasado ligados a los años de terror, la posibilidad de acceso a datos certeros era suministrada entre otras escasas por una publicación que desde un género como el humor narraba los principales acontecimientos de la vida política e institucional. Lo verosímil era, entonces, aquello que los medios reproducían desde las estructuras de comunicación gestadas por el aparato represivo militar. El ejercicio de la memoria nos remitirá a titulares aberrantes sobre la guerrilla subversiva, Malvinas, la economía nacional, el concepto de sociedad pretendido por quienes gobernaban desde la ausencia del derecho.
 
En ese contexto de desinformación y clausura de sentidos la Revista Humor mostraba en sus portadas la satirización, el ridículo, la ironía, la controversia. Los miembros de la Junta eran caricaturizados, llevados a un extremo en el que el discurso de la “reorganización” se mixturaba con los hechos al descubierto. Y las notas de investigación, esas donde desempeñar la tarea periodística, acceder a los datos, identificarse, implicaba en mas de una oportunidad comprometer el cuerpo, sobresalían entre tanta mudez silenciada a fuerza de instalar un miedo salobre, demasiado instituído en el entramado social.
 
Esas notas de investigación que ningún medio “levantaba” ni hacía objeto de nuevas indagaciones o artículos eran las mismas que algunos sujetos de las  generaciones que me antecedieron comentaban por lo bajo, mimeografiaban, fotocopiaban, citaban.
 
Como olvidar a Andrés Cascioli y sus portadas, a las entrevistas de Mona Moncalvillo, a las notas con el particular estilo de Carlos Abrevaya, a tiras excelentes como “Protección al Menor”, “La Clínica del Doctor Cureta”, “Boogie el Aceitoso”, “Desvínculos”, “Las Puertitas del Sr. Lopez”.
 
Como olvidarlos. Y la pretensión roza cierta nostalgia o reclamo.
 
Porque uno se posiciona en el sitio donde la cooperación textual, el pacto de lectura establecido con los artículos de Humor, traspone la inmediatez, el aquí y ahora de la práctica, para hallar sustento en lo que es toda una trayectoria periodística. Uno “lee” también el compromiso, la honestidad intelectual, la negación de trabazones impuestas por la censura. Y los derroteros de la prensa libre, los incólumes mercaderes se vuelven poco importantes, vulnerables.
 
Humor habló de la sexualidad, las drogas, la corrupción, los medicamentos adulterados, los negociados del gobierno como ningún otro medio lo hizo en su momento. Y enfrentó las demandas judiciales del ex Presidente Menem, otrora algunas clausuras en la circulación de ejemplares confiscados por el Gobierno Militar, las desavenencias económicas .
 Factores, que sumados a cierta competencia desleal, devinieron en el cierre de uno de los medios gráficos que marcaron un hito trascendente en la historia del periodismo escrito de nuestro país.
 
Humor sucumbió ante la marea de nuevas publicaciones pero mantuvo intacta una de las condiciones que para el periodismo debe(ría) ser un ejercicio constante: la coherencia, el rechazo a las concesiones, la práctica de la ética como valor inalterable.
 
Quien escribe no puede evitar ciertos recuerdos, como la ansiedad que generaba esperar la llegada de Humor al kiosco. El intento de la editorial por mantener, allá por mediados de los ochenta, a la Revista Humi -un apéndice de Humor- donde las páginas “narraban” a los mas chicos los acontecimientos históricos desde un lugar de seriedad y mirada diferente. Una opción inteligente si se la compara con los textos funcionales a cualquier gobierno de turno de Editorial Atlántida, con Billiken, Gente, Para Ti a la cabeza.
 
Humor abrazó la causa de los derechos humanos, cuando el Juicio a las Juntas, los testimonios de los detenidos en centros clandestinos, la lucha de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, la apropiación de menores eran tema de circulación subterránea en los medios.
 
Hizo de su estilo una referencia indiscutida para cualquier comunicador. Una marca. Un estigma propio. Porque en aquellas épocas oscuras arrojó luz sobre aquellos temas que los detentores del poder preferían que no tomasen estado público, honrando el objetivo central de la investigación periodística. No reprodujo, no publicitó a través de sus artículos, no negoció, no se dejó vulnerar con amenazas y operaciones de prensa. Pese a tanto contratiempo cerró sus páginas.
 
Quizá para algún sector intolerante esto signifique un gran triunfo, el regocijo de ver como el enemigo cae abatido ante la imposibilidad de sostenerse en pie. Quizá para esa elite miserable ver la derrota de una línea editorial pluralista, abierta, progresista implique creerse vencedora. Como si la distancia abismal entre quienes caen siempre bien parados y aquellos que eligen la consecuencia se estrechara con la simple eliminación de una de las partes. Como si el silencio de quien ejerció libremente el derecho a expresar su punto de vista, contemplando en primer lugar a quienes tienen el derecho de ser informados sin ocultamiento alguno., de los actos de gobierno y la esfera pública institucional, tornara mas poderosos a los autoritarios e intolerantes.
 
El germen de ese genial grupo de críticos, comentaristas, dibujantes, humoristas puede trasladarse a quienes, surgidos de esa cofradía, se desempeñan de manera independiente en los medios de nuestro país. Sí, de manera independiente, lo que implica por sobre todo no perder uno de los capitales mas fuertes con que cuenta el periodismo: la credibilidad de su público.
 
Humor cerró sus páginas. Y sus lectores quedamos con un agujero enorme. Por allí se cuela cierta nostalgia que junto a sus personajes tejen una trama que perdura en el tiempo.
 
En ese sitio de difícil descripción, donde la subjetividad y sensibilidad individual se concentran, habitan tiras, caricaturas, tapas memorables, artículos de opinión, críticas. Material suficiente como para saber que, pese a no encontrarse hoy dentro de las publicaciones en circulación, Humor dejó de editarse del mismo modo en que mueren los héroes de ficción y los auténticos héroes: erguidos, íntegros, de pie, sin despedidas, sin rito, sin acto ni protocolo.
 
Y en el fondo, la prensa que siempre sobrevive, la que siempre está en silencio y no se posiciona ni siquiera cuando su mismo gremio padece agresiones e impedimentos explícitos para ejercer su labor, no puede hacer otra cosa que quedar callada. Tal vez por respeto, tal vez porque la admiración supera todo vano intento por volver atrás y replantearse la tarea. Tal vez por cómoda costumbre.
 
Como único homenaje vale el reconocimiento de sus lectores que solo pueden devolver con lealtad tantos años de verdadero periodismo que en esa especie de escuela que fue Humor recrearon el ejercicio de pensar, discutir, criticar, desechar, elegir, crecer al amparo de una revista que adoleció, se hizo grande, padeció los devenires de un país que cada tanto sangra por la herida, se recompone, comienza de nuevo, genera escritores, comunicadores y medios de ley.
 
                                                                                                                                          Natalia Enrico
 
 
 
 

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